Nos levantamos temprano, a pesar de que mi mamá lleva mucho rato despierta se hace la dormida. En el fondo, más que los regalos que hacemos es el gesto de compartir las tres y conversar. Espacio para la triada, momento que nos damos poco porque siempre hay alguien más, o siempre hubo alguien más. Mi hermana y yo hacemos cosas especiales. Subimos bandejas con café, leche, muffins, galletas y algo más que encontremos. Nos sentamos en algún rincón porque ahora su cama es de plaza y media, y no grande como antes. Ya no cabemos en su cama. Y ya no necesito entrar porque mis miedos están enterrados. Hablamos.
Me interrogan un poco, cuales son tus planes para la próxima semana, cuando vuelves. Nos acordamos de la Vieja. Madre llora un poco, yo me trago las lágrimas porque, a pesar de que a veces lloro mucho, no me gusta que me vean. Cementerio y recuerdos. Hospital y llantos. Enfermedad, dolor y amor. Estar y no estar.
Me levanto, me pongo un polerón y cruzo el patio. Voy a la casa de mi abuela. Abro la puerta de la cocina y después voy a su pieza, o a la que era su pieza. Miro la pared, y todavía está mi foto de kinder, con un cuadro que hice con ayuda de personas borrosas y que no logro recordar; con letras primitivas y muy feas dice feliz día. Me acuesto en esa cama que fue siempre cálida y ahora lleva años helada. Hace frío. Cierro los ojos y pienso, en madre y en Mami. Echo de menos tus ojos, tus manos y tu cuello suave. Tu espalda, tus pantuflas arrastradas por el suelo y tu voz diciéndome gallina. Me levanto y miro tu foto al lado del teléfono. Ojalá pudiera llamarte. Ojalá tuvieras número, ojalá respiraras, tuvieras olor y cuerpo. Porque no me resulta pensarte sin tenerte. Me levanto. Vuelvo al patio, y me acerco al damasco. Ese es el árbol de toda mi vida, donde nos sentábamos en el verano. Tengo un encendedor, y yo no fumo. Tengo un papel, pero escrito con linda letra. Polvo eres y en polvo te convertirás.
Gracias por todo lo que fuiste cuando no te correspondía, y por todo lo que no fuiste.