Estaba siendo un día de esos brillantes, como hace tiempo no los tenía. Salí temprano y me moví por el mundo. La mañana se consumió sola, terminándose en el momento exacto en que supe de ti y me llegaban tus besos. Estuve llena de energía. La luz me comía los brazos y se apoderó de mi cuerpo. Quise hacer de todo. Salir, saltar, viajar, pasear. Planté una semilla como símbolo de la vida y los proyectos que quiero empezar. El tiempo es más fácil cuando lo ves crecer. Me oscurecí. O me oscurecieron. Tengo sueños terribles. Por qué me dejan ahogarme si yo no quiero desaparecer. Si supieras que ya no me entra el aire y sólo quiero vomitar. Por qué nadie me salva. Yo les he llevado en mi espalda y me han olvidado. Se roban todo de mí. No me pidas que te deje. No me digas nunca que esta es la última vez que nos vemos. Llévame contigo. Derribo por completo los obstáculos y tú me sigues levantando otros. Al final, siempre pesa más la sangre. Y yo no comparto nada contigo. Nada más que todo lo que tengo. Mi corazón marchito está a tus pies. He intentado revivir las flores. Y que las veas. Que mis flores sean hermosas para ti. Pero vienen mis miedos, aparecen los abusos y siento de nuevo los pies de quienes han pasado encima de mi. Es difícil seguir caminando cuando el fracaso te golpea así las rodillas. Me rindo frente a mí misma y sigo caminando para que tú me veas. Vuelve siempre la amenaza de que te vayas. Supiera el mundo que esa es mi herida más grande. Incluso más que la de aquella vez. Tengo esa cicatriz en la cadera y en la planta de mi pie izquierdo. No dejo que nadie me vea cojeando. Me atrapan las sábanas y cierro los ojos deseando que tú cierres los tuyos por mi. Que me elijas. Que te quedes conmigo.