La primera vez que la vi caminando hacia mi, dejé de moverme.
Quizás fue mi cuerpo el que no quiso que pudiera salir.
Me abandonaron las piernas, pero ya no las necesitaba.
Me pregunto si será posible descubrir en menos de un segundo,
tan rápido, al lado de quién es tu lugar.
Descubrí entonces que tenía que estar junto a ella.
Que tenía que besarla y así sentirla viviendo en mi cuello.
Ella llegó y todo fue música. Todo fue nervios, palabras bonitas y lecturas bajo un cerro.
Se sentó a mi lado y no pude dejar de mirarla nunca.
Hay veces que no puedo mirar nada que no sea ella.
Y creo que no he visto nada que se compare a su cara, así,
cerrando los ojos, abriendo levemente los labios. Juntando las cejas.
Sonando. Sacándolo todo. Sacándose todo. Y sacándomelo a mí también.
Es parte de mi música y mucho más que eso.
Ella no gime en verso ni rompe corazones cuando lo hace.
Cuando gime revive el aire. Y me hace respirar.
Desde que la conozco mis pulmones se llenan. Y a veces duelen.
Me da miedo pensar que puedo dejar de respirar(la) algún día.
Me han dicho "aprovecha".
Yo digo que lo hago todo. Que se lo doy todo. Que nos doy todo.
Antes vivía con vacíos que nunca reconocí.
No alcancé ni a sentirlos y ahora estoy completa.
Sé que me faltaba algo porque ella se ocupó de mi.
Supiera el mundo de las heridas que yo arrastraba
y que sin saberlo, sin conocerlas, me las curó todas.
Como si pudiera sanarme. Y leerme. Todo al mismo tiempo.
A veces vive triste y yo vivo con ella. Más que cuando vive feliz.
Soy parte de su tristeza, aunque probablemente le he dado pocos motivos,
pero la acompaño.
Estaría en todas sus lágrimas si me dejase.
Me colgaría de la luna -o de cualquier farola- sólo para que pudiera ver la luz.
Está loca y me alimenta con su locura.
Le sobra algo que a mi me faltaba,
y yo le daría todo lo que tengo.
A veces no sabe lo que quiere
y hace que me pierda, pero siempre me encuentra.
O me encuentro yo, a mí misma
y vuelvo a ella.
Con sus besos aprendí a volver a mi hogar -que es ella-
aprendí a enterrarme las espinas del amor
y a mirar(nos) con los ojos cerrados.
Llevo su nombre escrito en un grano de arroz,
colgando en mi cuello.
Ella se puso el mío -como tatuaje temporal-
en una parte de su cuerpo.
Lo que no sabe es que está grabada en mi vida.
Como si su nombre estuviera escrito en mi alma,
atravesando mi existencia.
O como si yo pudiera escribirlo -y también leerlo- en cada cosa que hago.
Cada paso, cada letra, cada camino, cada salto, cada caída.
Y yo quiero significar lo mismo para ella.
Conocer y vivir en su amor me hizo de fuego,
también de agua, viento y tierra.
Todo al mismo tiempo.
Hace que me queme, me derrita
y que vuelva a renacer.
Iría y vendría todas las veces por ella.
Sobreviviría al hielo y al desierto.
Llevaría mi agua a todas las sequías,
y absorbería toda la que sobra.
Ya no sé si creo en Dios o en las estrellas,
en el destino o en la suerte,
en la regulación organísima o en las tábulas rasas.
No sé si existe el cielo o si ya vivimos en el infierno.
Sólo sé que antes de ella, yo era un poco menos yo.
Y que desde existe, no me falta nada.