jueves, 24 de septiembre de 2015
Las mismas puertas cambiando de color.
No caigo en la cuenta de si la ilusión que tengo no es más que desilusión, y que los días que pasan rápido me están engañando y en lo más profundo son inmensamente lentos. Y pegajosos. Como yo, en el centro. La vida parece un laberinto en el que apenas puedo dormir. Retraso el acto lo más que puedo. Casi que muero por mantener los ojos abiertos y aplazar la mañana siguiente. Vacía. Estoy aprendiendo a dormir en el lado frío de la cama. Intentando que duela un poco menos. No sé si abrazar la almohada o agarrarme las tripas. Si nada entró, no hay nada que pueda salir. Y sólo los que he hemos expulsado de más podremos comprenderlo. Siempre es una derrota abrir los ojos. Y que siga siendo de noche. Hay veces en las que no sé perder. Pero puede que tampoco sepa muy bien cómo ganar. He tenido sueños terribles. Con cada uno me quedo paralizada. Yo no soy de esas personas que se congelan. Y aún así no puedo moverme. Hay fantasmas que flotan sobre mi cama, haciéndome doler la espalda. Terriblemente. Despierto ahogando el grito, casi sentada. Le tengo miedo a los crujidos de la casa. A veces está tan helada que veo mi propio vapor. Por qué será que siempre encuentro la forma de perder agua. Quizás por eso siempre tengo sed. Pienso en que los pingüinos deberían ser azules, mientras escucho a Xoel diciendo que siempre devuelve el golpe el mar. Yo creo que la soledad pega fuerte en las rodillas. Y yo, ya no quiero cojear.
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