Me golpea los ojos la idea de cómo pudo seguir la vida sin ti. Cómo pensé que yo también me moría, pero no. Que lo perdía todo, pero no. Cómo es que no dejas de doler. Yo que pensaba que podía salvarte, y sino me sacrificaba yo. Que te hubiera dado hasta la última gota de mi sangre, mientras no fuera tarde. Tarde.
No pude seguir con mi tradición de escribirte y quemar el papel. Como si la vida sólo fueran cenizas esparciéndose en el aire. Y tú fueras parte de ellas, que al final no son nada. O puede que la nada sea yo. Que desde ti poco me valgo. La culpa de tus dolores la llevo enterrada en el pecho. Como si fueran mi causa. Y no puedo evitarlo. Quiero que todo tu dolor sea mío y sólo mío, que incluso eso me parece menos que esto. Si subestirmar lo tuyo, mi condena es larga. No puedo olvidarme de tus ojos casi amarillos y perdidos, incapaces de reconocerme. A mí. Que nací y viví por ti. Que me sanaste, me recuperaste y me trajiste de nuevo. Que soy por ti, que siempre quise ser tu reflejo. No quiero que me olvides. No quiero tener que olvidarte. No quiero dejar de extrañarte. Ni que dejes de hacerme falta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario