sábado, 5 de mayo de 2018

in-quietud.

Hablemos de ti y de mi. De mi transitando el mundo, encendiendo las luces -las tuyas- y apagando las mías. De los altos y bajos, de los tuyos que no se elevan demasiado. Quizás por miedo a la caída, supongo. De los míos, exorbitantes, inmensos. Porque creo que merece la pena llegar tan arriba aunque sea un instante. De los domingos y las mañanas. De tu cuerpo contra el mío, jamás haciendo peso. Y el mío si, asfixiándote. Hablemos de hoy. De mi cama vacía -pero no tan fría-. Del invierno que no anuncia su llegada, y un otoño que tímido se asoma y no ha iniciado su paso. Por qué fue que el verano se quedó estancado y con eso nuestra estación más lejana y menos favorita. Hablemos de tus idas y venidas, de mis intentos por ir a buscarte. Por mi prisa en contestarte, y la calma con que tú de lo tomas. De las horas en que no piensas en mi, y que me ocultas bajo excusas que no comparto pero que intento comprender. Hablemos de los círculos cerrados. De las vueltas caprichosas, los espirales y los caracoles. De lo cotidiano. De tus brazos abrazándome con esfuerzo. De que quizás te quedo grande. Que desde mi manera de habitar el mundo no logras abarcarme. O viceversa. De mí ahogándote. De esta sobredemanda que puso peso a tu libertad. De los lugares en que quise existir y fueron un oasis. Que los momentos en que me sentí tuya y parte de ti duraron todo lo que tardas en destaparte por las noches. Hablemos de mi pidiéndote que iluminaras mi oscuridad, cuando empiezo a descubrir(me) otras luces. De mi incapacidad de volver a encenderte. De mi cansancio y del tuyo. Del disfrute y del goce. De esta sensación de no querer dejarte nunca y al mismo tiempo no saber coexistir al lado tuyo. De ti reclamándome por Soledad, tirándomela a la cara de frente y atándome de manos -y decisiones- para poder enfrentarla. Hablemos de las flores marchitas de mi pecho. De la belleza nuestra y la del otoño tímido. De las brisas preciosas que recuerdan que el frío y el calor también se hacen el amor. De la hermosura de esta calidez tan helada. Del momento de silencio que antecede al ruido. O la quietud después de la explosión. Del ya no saber qué es causa y consecuencia. Este desorden mío. De mi no saber, de mi no actuar.

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