jueves, 20 de marzo de 2014

Desplazamiento.

Resistencia y ya tenemos el estómago afuera.
Mecanismos de defensa pateando el autocuidado y la crisis.
Y es que el síntoma nos evita un sufrimiento mayor.
Casi cinco años para aprender eso.
Que entre la somatización.
El vómito, la fiebre, el temblor en las piernas.

Existencialismo y qué haría yo si te tuviera en una silla vacía.
Qué pasaría si fuéramos capaces de decir siempre las cosas.
Si nos hubieran educado en un ambiente que no calla ni reprime, estaríamos sin duda en una sociedad más sana.
 A cambio de esto, nos llenamos de cosas que no salen.
Sobretodo personas como yo. Que vivimos con la culpa. O con las culpas persecutorias. Que son parecidas, pero no lo mismo.
El apego y la crianza determinan las formas de culpa. Y la reacción frente al castigo.

Las víctimas de un pecho malo, malditos condenados a la ambivalencia, vivirán siempre con el miedo de que les arrebaten algo. Algo que incluso, pueden ser ellos mismos.

¿Cómo podemos quitarnos entre nosotros? ¿Quitarle a alguien su yo?

La mejor manera de destruir a otro es atacar el narcisismo. No el secundario, sino el primario. Ese que tenemos todos -en distintas medidas-. Parte de este, es el amor propio y el sentimiento de que merecemos un lugar en el mundo. Por lo mismo, un arma mortal es hacerle sentir al otro que no vale, que no merece la pena. Desplazarlo. Cambiarlo por cosas catalogadas de urgentes. Hundirlo en la idea de que lo urgente no deja tiempo para lo importante.