Una vez, lloré dos días. Completos. Ni siquiera había despertado ese sábado y ya tenía los ojos hinchados de tanto llorar. La vergüenza enterrada -en lo más profundo- y tapada con todas las capas posibles. Tres frasadas y millones de toallas en la cama. Un plato de sopa, las cortinas rojas y él. El único que entró a mi pieza.