martes, 14 de abril de 2015

F.



Una de nuestras escenas recurrentes, era en la que me reclamaba porque me cuesta -o costaba- mucho ser feliz.
- Dudo que alguna vez hayas experimentado felicidad de verdad. Como que no la entiendes - me decía-.

Y claro. Si para mi la felicidad como tal, era demasiado compleja y difícil de alcanzar. Pero no era que no fuese feliz. Sino que no tenía lo que necesitaba. No lo sabía, ni lo pedía tampoco.

Hoy puedo decir que convivo más con la felicidad. Aunque no se me note. Ahora la concibo como una mezcla extraña de emoción con matices de sentimiento, que es más madura. Creo fuertemente, que la felicidad, como los dolores y las heridas, es una procesión que se lleva por dentro.

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