A veces, me gusta imaginarme que tengo alas.
Y que estas ganas de irme, se sustentan en ellas.
Que tengo la capacidad de volar y llegar a donde quiero
- y no sólo a dónde puedo, a donde me dejan-
Mientras me duele la espalda de frío, me doy cuenta de que no las tengo.
Y que, en realidad, sigo aquí.
Donde siempre, como siempre.
El mundo sigue sin ser mío.
Y yo, sigo sin tener un lu(ho)gar
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