La veo en el suelo de un baño de un bar cualquiera. Diría cualquiera, pero era mi bar favorito. Abusando de un pretérito pluscuamperfecto y colgándose de todo lo que termina antes de que acaben de suceder(se) las cosas. La veo ahí en la ausencia, apoyo la cabeza en la pared fría y de pronto estoy viendo todo lo que no quiero ver. Entonces, miro y siento a otra cayéndose del balcón, después de que la droga le hizo creer que podía caminar y evitar la gravedad; me vi de niña rogándole a mi papá que abriera los ojos mientras conducía, luego de que la cerveza le arrojara el sueño. Lo vi quebrando huevos, lanzándolos con la muralla porque no se podía seguir con la borrachera. O a mi abuela muerta, después de una resaca mal cuidada. Y vuelve entonces el demonio del coma etílico, el riñón explosivo, la mano en el aceite, la caída de un vehículo en movimiento, los desmayos en el metro.
Los fantasmas se alimentan entre ellos y se hacen más fuertes.
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