martes, 27 de agosto de 2013

Me fui.


Cuando me fui, tomé un bus que me llevó al norte. Tú te ibas conmigo, pero te bajaste y me dejaste sola -como tantas veces lo hiciste antes-..

Te pusiste lentes de sol en la última foto. Los lentes que te regalé yo. Caminamos y no me hablabas. Tal como habían sido los momentos más tristes a tu lado. Nos despedimos. Me dices que me vas a extrañar, que te avise cuando llegue a todos los lugares donde voy a pasar. Antes de irme, paso cerca de tu casa . Busco desesperada, miro el semáforo. La gente que va a cruzar, porque podía encontrarte. Estabas dos estaciones de metro más al norte, y yo estaba más al sur pero en auto. Desde ahí nada me dolió. O quizás nada me dolió lo suficiente. Desde ahí entendí -por fin- lo que todos me dijeron por lo menos una vez.

Viajo. Y no me duele la distancia.
Viajo. Y cada kilómetro me tranquiliza más.

Algún día iba a aprender que no me hacías falta.

Estoy lejos y te enojas porque tú no estás. Digo que no es mi culpa. Ya no puedes culparme. Te enojas más porque no me importa. Decides no hablarme y yo lo acepto, como lo he aceptado siempre. Salgo, conozco gente. Intentas controlarme pero ya no puedes. Te desesperas. Me buscas. Me amenazas. Te tranquilizo. Sangro. Me duermo. Me despiertas. Cuentas las horas para que vuelva y yo no quiero volver. Salgo. Camino. Me quemo. Te vuelves a desesperar. Me vengo, pero empiezo a dejar atrás sentimientos que en poco tiempo me abandonan por fin.

Se hace de noche y la carretera es larga. Llego. Cruzo corriendo la alameda. Me espera el auto. Frenamos brusco y me pego en la cabeza. Paso otra vez cerca de tu casa, pero ya no miro. Porque ya no quiero encontrarte. Porque ya no quiero volver. Yo creía que me iba para echarte de menos. Pero me fui para echarme de menos a mi y querer quedarme conmigo. Yo ahora digo que me fui para volver a mi. Me quitaste tantas cosas y las encontré todas apenas estuve lejos.

Tengo que hacer trámites y te digo que no me acompañes. A diferencia tuya yo siempre pude hacer mis cosas sola. Y además, siempre tuviste mi compañía y yo no la tuya. Sabía vivir sin ti. Te enojas, otra vez. Pero te arrepientes porque adivinas que estoy dejándote.

Llega febrero y nos vemos cuatro días en todo el mes. Y para mi está bien.

Llega marzo y nos vemos más por asuntos universitarios. Te acompaño otra vez a hacer tus papeleos. Soplan aires de días pasados. Sé que yo ya no estaba, y pensé que quizás podías estar buscándome. Te pido un abrazo y no me lo das. Te molesta tocarme. No quieres tocarme. Y yo tampoco quiero que vuelvas a tocarme.

Te enojas.

No me hablas.

Yo tampoco te hablo.

Es primera vez que yo no te hablo.

Sabes entonces, que es de verdad. Porque yo no juego con los silencios.

Mi    am o  rp ro pi o empieza de a poco a poco a pegarse de nuevo.
Me hago valer. Y te digo que ya no más.

Te digo todo lo que me dolió. Y mi voz sale entera. Porque así soy ahora. O porque así volví a ser.
Me sané en tu ausencia. Pero no en la ausencia de cuando me dejaste. Me sané en la ausencia de dejarte a ti. Te comunico que me fui, que me voy.

Tú no crees en los tiempos. Yo, no sé.

Tú dices que quieres terminar y te arrepientes. Me dijiste lo mismo ocho veces mientras estuve contigo.
Esperabas que te retuviera. Pero yo siempre he podido dejar volar a los demás. No te retengo.
Me voy. Es jueves. Camino y me sigues. Me dejas en la u. Yo camino rápido, porque no quiero que vayas conmigo.

Me dices que ahora soy fria.

Yo digo que soy más cálida y más amorosa que nunca, pero conmigo.

Me amenazas. Me dices que no comes, que no duermes, que no puedes dejar de llorar.


Me dices que estás muerta. Respondo que yo estuve muchas veces muerta. Y morí en las muertes feas. Convengamos que hay buenas formas de morir. Y buenos motivos por morir.
Yo moría por abandono, por soledad, por desprecio. Morí por quedarme sola. Morí por darte -alguna vez- todo y por quedar vacía. 
Me sigues. Me buscas. Llegas a mi casa. Yo ya no me dejo ver. Ahora yo estoy viva y tú dices que te estoy matando.

Me escribes. Cambia tu ortografía. Vuelves a decirme que lloras, que no comes, que no duermes. Que no puedes levantarte. Que no puedes salir. Que no puedes pensar. Dices que no vas a querer a nadie como a mi. Dices que fui el amor de tu vida. Y tengo miedo. Dices que fui lo más importante. Y nada me calza. Mi mundo se contradice. Dices que no tendrás a nadie como yo. Dices que me amas. Yo digo que no se daña así a quien se quiere.

Te enteras de todo lo que hago.

Me devuelves mis cosas.

Me pides una segunda oportunidad. Y todavía no te das cuenta de que tuviste mil.

Digo no.

Digo déjame.

Digo sé feliz.

Digo cuídate.

Te digo que no puedes hacerme creer que tu vida depende de mi.

Lloras en un banco.

Me quedo ahí, esperando que te calmes.

Me preguntas si no me da pena. Yo no lloro. Te digo que hace meses dejé de llorar por ti.

Vuelves a llorar. Me gritas. Me pides que no me vaya. Me dices mil veces que soy el amor de tu vida. Me dices mil veces harás todo diferente. Yo me callo.

Pasan muchos minutos. -Y ya no lloras - y yo puedo decirte: Ahora puedes ver y sentir muchas veces.

Me miras. No sé si con esperanza o con miedo.

Sigo hablando y digo, pero todas esas cosas estan movidas porque sabes que puedes perderme.

- o porque que ya me perdiste -

Y digo que nunca me viste. O puede ser, que ya habías dejado de verme.

Me levanto, me despido y camino.

Me gritas que te estoy matando.

Reconozco ser tu asesina. Porque se mata con el corazón, como dice Mauro de Vasconcelos. Así como cuando uno va dejando de querer y la persona se muere. Así te maté.




No hay comentarios:

Publicar un comentario