miércoles, 25 de septiembre de 2013

The long and winding road

Despertar a las 4.15 todos los días y no poder volver a dormirse. Esperar -o aplazar- la hora de levantarse. Bañarse con el agua tan fría, que duelen los huesos. Intentar tomar desayuno y no retener la comida por más de 20 minutos. Estirar la hora de irse. Salir. Tener frío con el sol brillando en la espalda. Caminar y sentir las piernas blandas. Llegar a la esquina y ver borroso. No poder levantar la mirada. Tener los ojos tan hinchados que parecen tener vida propia. Llorar cruzando la plaza. Vomitar en la calle. Seguir teniendo frío. Hacer en tres tiempos el camino habitual. Sentirse tan sola que hasta cuesta soportar la propia presencia. Ganas de no estar con nadie y de estar con todos. Ganas de que no te encuentren nunca, pero de que te busquen. Tomar el metro y que vaya lento y vacío. Bajarse. Cruzar la calle en el primer verde. Llegar a la universidad y no entrar a clases. Sentir el mundo moviéndose y burbujas de aire en la nuca. Hablar con los amigos.  Aprender que hay cosas que no importan ni la N de nada.

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