La miro y se me escapa un pensamiento en forma de palabras. Alcanzo a callarme, pero ella me pregunta qué quiero decirle. No digo nada. Coqueta, me dice. Pienso que no debería decirle nada. Aunque ella siempre sabe. Todo lo sabe. Entonces respiro, la abrazo y me hundo en su cuello para decirle muy bajito al oído -y que nadie más se entere- que siento que si hay alguien en el mundo que es para mi, es ella. Ahora pienso también que, si hay alguien en el mundo para amar así, como yo la amo, es ella y sólo ella.
Porque ella es única en el mundo (para mi). Con ella vivo un amor loco, libre, sano, bueno y verdadero. Un amor de echar de menos, de permitirse echar de menos. Un amor con dolor de tenerla lejos. Un amor con la más feliz de las felicidades por tenerla cerca. Un amor de hacer cosas nuevas. De hacer lo mismo, y que incluso así parezca distinto. Un amor de viajar, de compartir camas nuevas y distintas. Un amor de estar dispuesta a estar en cualquier lugar, si es con ella. Un amor de abrazarse en el bus, de tomarse la mano en el metro, de besos en los semáforos, de afirmarse en el barco pirata. Un amor de caminar kilómetros, de sentarse horas, de no levantarse nunca. Un amor sin tener vergüenzas. Un amor en libertad. Un amor de compartir, de compartir hasta la sangre. Un amor que deja decir las cosas. Un amor que me tiene en las nubes, y por qué negarlo, un amor que me ha tenido de rodillas en el suelo. Un amor que no necesita hacer promesas. Un amor que es distinto. Un amor que han visto sus amigos y los míos. Un amor que es tuyo, que es mío, que es (sólo) nuestro. Un amor real. Un amor que es sólo a m o r.
Me enseñaste a amar.
Y yo te di mi vida.