domingo, 5 de enero de 2014

Yo no soy poeta.


Yo no soy poeta. No escribo bonito. No me sale ni la prosa ni el verso. 
Yo no soy poeta, porque no tengo nada más de lo que he perdido.
Yo no soy poeta, aunque el agua se hizo en mis ojos (y no quiere dejar de nacer)
Yo no soy poeta, porque no soy ni demasiado feliz ni demasiado triste.
Yo no soy poeta, pero las cicatrices de mis venas tienden a abrirse con facilidad.
Yo no soy poeta, porque detrás de muchas cosas soy sólo número.
Yo no soy poeta, porque cuantificar y los versos no se llevan bien.
Yo no soy poeta, porque no alcanzo todos los niveles de sufrimiento -aunque a veces los más altos me quedan chicos-.
Yo no soy poeta, porque el infierno no sale de mi. No lo exteriorizo, digo.
Yo no soy poeta, porque nunca me he muerto de amor - a pesar de que he estado a punto-.

En cambio, otras veces soy poeta, porque sé que después de la calma viene la tormenta. Y que si la lluvia cesa, volverá. Y que su regreso puede ser peor.
Yo si soy poeta, porque la nostalgia se hizo con mi corazón.
Yo si soy poeta, porque en las noches dejo que el sufrimiento haga nido en mi cama.
Yo si soy poeta, porque algunas mañanas ni he abierto los ojos y ya estoy llorando.
Yo si soy poeta, pero dejo que la tristeza me toque. Incluso cuando no debe. Y yo también la toco a ella.


Pero lo verdaredamente importante, y lo que nunca tenemos que olvidar,
es que siendo o no poeta
yo nunca voy a ser su poeta maldito.