No sé si fueron infinitos o fueron eternos los días que caminé afirmándome las tripas. Intentando abrazarme a mi misma para no dejar que la soledad y los miedos se apoderaran más de mi cuerpo. No sé cuanto tiempo creí que tenía que cuidarme de todo y todos. Pasaron días y noches en que no pude distinguir cuál era claro u obscuro. No quería ver el sol ni soportaba la falta de luz. Recorrí calles sin darme cuenta de los kilómetros que avancé. Un día me atraparon más de 27 y hasta se me hicieron heridas en los pies. Se me reventaron los oídos con canciones amargas. Vomité todo, incluida el alma, y aún así no podía sacarme la pena. Me perdí en un campo de noche. Apagué las luces del auto y no vi nada. Sólo la luna, que por un momento también se apagó. Aunque es probable que haya tenido los ojos cerrados, porque es casi imposible que la luna se apague. Lloré tanto que no me daba ni cuenta cuando dejaba de hacerlo. Perdí los ojos y no los encontraba. Tuve miedo. Tuve rabia. Tuve ganas de callarme. Me tragué millones de palabras por no morderme la lengua. Tuve el corazón tan roto que no pude más que leer a Junot Díaz y su libro así es como la pierdes. Supe que lo tenía tan roto cuando no pude seguir leyendo el libro, porque cada palabra me hacía más pequeño cada trozo. Hubo tantos pedazos de mi repartidos por tantas partes que pensé en poner anuncios con mi número de teléfono para que me los devolvieran. Tuve pánico de que un animal se quedara con alguna de mis partes y la enterrara, y yo nunca más pudiera volver a estar completa. Por eso me apuré en armar de nuevo lo que soy ahora. Creo que es difícil siempre que las cosas vuelvan a ser iguales, sobretodo uno mismo. Porque en el ser humano, el cambio es constante. Las piedras tienen que rodar para ser redondas y el porrazo que me di, desfiguró alguna de mis caras. Quizás mis ángulos nunca volverán a ser los de antes, pero están reconstruyéndose, y aunque nada sea exactamente igual, si puedo ser levemente mejor en algún aspecto.
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