El jueves tenía que salir muy temprano, recorrer un trayecto que por lo menos me exigía dos horas de transporte. Abrí la puerta de mi casa en el momento exacto en que empezó a llover. Tomé un colectivo al metro. Caminé dos cuadras y bajé al subterráneo. Hice combinaciones y llegué a una estación intermodal donde en mi perra vida había estado. Perdí el bus y esperé uno por quince minutos. Me bajé y perdí el que debía tomar después. Me bajé mal, y caminé casi dos kilómetros al lado de la carretera, con los camioneros haciendo tronar sus bocinas. Sudé y llegué quince minutos tarde. Putié y maldije al mundo, mientras me perdía entre los números desordenados de las construcciones. Le pedí ayuda a un señor en la calle. Mi entrevista duró menos de 20 minutos. No sabía volver a mi casa. Crucé la carretera, y se me pasaron dos buses. Venía contenta porque creí que me había ido bien. Llegué a la plaza de armas de un pueblito, caminé quince minutos buscando otro bus que me sirviera para volver a mi casa. Me pude venir sentada todo el camino. Se subió un payaso que me hizo reír. Me bajé y caminé.
Por lo menos ahora, conozco San Bernardo.
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