jueves, 10 de octubre de 2013

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Dormir poco e incluso menos de lo necesario. Dormir lo suficiente para poder mantenerse en pie, aunque a veces los ojos piden a gritos descanso. Caminar por calles distintas para no encontrarse con fantasmas ni con recuerdos. Cruzas las esquinas que tienen historias vivas. No mirar el semáforo. Cruzar las calles por inercia, siguiendo a los demás. Tomar el metro y esquivas las miradas de todos. Y de todas. Olvidarse del día, del mes, del año. Tener dificultad para recordar el propio nombre. No reconocerse en el espejo. Mirarse y no encontrar lo que uno era, lo que uno fue, lo que uno es. No saber lo que uno será. Vivir con trozos de uno pero sin uno. El todo es más que la suma de las partes, ¿pero qué pasa si no tenemos partes?
Tomarse el café con sal. Saltarse la hora de almuerzo. Evitarla, en verdad. Llenarse de trabajo, de cosas por hacer. Desocuparse. Buscar excusas para no volver a la casa. Caminar lento. Caminar dos, cinco, diez estaciones de metro. No tomar micro, ni colectivo, ni taxi. Decir que no cuando ofrecen ir a buscarte en auto. Caminar al sol. Tener poco cuidado. Esguinzarse el pie. Llorar en la mañana. En la ducha. Al salir de la casa. Caminando. En los ascensores. En la escalera. En la escuela y en el olimpo. No poder tragarse ni el té. Usar la quinta parte de la cama, porque todo lo que queda lo usa Tristeza.
Siempre digo que no sirvo para ser triste.
Pero a veces, vivo tan triste, que ni me doy cuenta cuando dejo de estarlo. O cuando lo estoy. O cuando me abandona. O cuando llega y despierto gritándole - en pesadillas-.

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