Yo tenía 17, y él tenía 19. Ese año, se había ido al sur para convertirse en ingeniero. Era marzo. Yo no lo quería, pero él si me quería a mi. Me quería tanto que me llamaba 307 veces al día, me veía conectada en algún lugar y me llenaba de mensajes, incluso me llegaban los mensajes de texto por docenas al celular. Estaba tan lejos y a mi no me importaba. Estaba tan cerca, que a mi tampoco me importaba. Era compromiso. Él y yo. Yo y él.
Chiquillo bueno. Sano. Tranquilo. Amoroso. Perfecto para padres, aburrido para mí. Prometedor. Buen futuro. No fuma, no bebe y juega tenis. Sabe más de números que todos nosotros juntos. Sus papás son sus amigos en Facebook. Pone fotos de sus abuelos, del campo de sus abuelos, montando caballo y cosas así. Ahora que me acuerdo siempre me prometío una vaca.
Él quería casarse conmigo. Yo no quería casarme con él. Nadie me obligaba a estar con él, pero en el fondo, funcionábamos como un pacto casi infantil. Él se preocupaba por mi, y yo hacía de su polola frente al mundo. Así aprendimos que la vida no es justa, y que cada uno nunca recibe lo que se merece.
Me a b u r r í de ti, le escribo. Acto seguido, termino la relación por Facebook. Por qué pregunta, ya no te quiero respondo. No vuelvo a hablarle. Él es el último hombre con el que estuve. Es mi karma ahora, supongo.
Cristian siempre ha sufrido por amor. Como yo. Y nunca supo, que lo que no soporté jamás, era que sufría más que yo.
Ahora igual lo recuerdo. Y él nunca se ha olvidado de mi cumpleaños.