El auto a 140 kilómetros por hora. Cinco mil pesos en bencina y llegar hasta donde aguante el estanque. Bajar a Pirque, sentarse en un río. Mojarse los pies mientras los zancudos pelean por robarme sangre. Mirar el cielo oscuro y libre de cables, la quinta luna llena desde que se fue. Pero ya no importa. La distancia parece ser tan grande que ya da igual. Me tiemblan las manos, los brazos, las piernas. En vez de cuatro, tengo dieciséis ojos. Que baje dios y me entregue la luna, porque no tengo luz. O que venga mi Abuela y me entregue una estrella, porque dios no me ama. Que no me toquen, que no me hablen, que no me miren. La cara me delata.
Nací desprejuicida. Desorgullosa. Y tonta. Así me hicieron, así me criaron. Abuela siempre dijo que todos merecemos otra oportunidad. ¿Pero qué pasa, vieja, qué pasa si se me está rompiendo el corazón? ¿Qué pasa si estoy repartida en mil doscientos pedazos? Dime qué pasa si me duele tanto el alma que no puedo ni mirarme en el espejo ni mirar a los ojos a nadie. Dime, qué cresta, qué mierda, qué chucha hago. Que viaje tu alma y me cuide. Que me tomes, que me agarres los ojos y te vayas. Que dios, que el que sea o lo que sea existe te deje acompañarme. Que se apiaden de mi, una vez. Que no me de suerte, que no me de vida, que no me nada. Sólo tu alma. Tu alma de abuela, de madre. Tu alma de protección y espantacuco.
Que no me dejen llorar más, que no quiero perder los ojos. Que venga mi mamá y me pegue, ahora. Que me pateen en el suelo. Que me despierten. Que me dejen caer. Que me dejen arrastrando la vergüenza. Que mi dolor los salve a todos, que el mal de mi alma haga cicatrices sobre las que ya tengo.
Aquí, junto al mar, aquí esperaré al sol
que me traiga la paz, que me dé su perdón.
que me traiga la paz, que me dé su perdón.
Bailemos juntos, hasta que despierte el sOl.
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